Miércoles 19 de Enero de 2022

PAÍS

16 de septiembre de 2021

Análisis La agroindustria no genera derrame, genera difusión

El sector más competitivo del país no distribuye al final del ciclo, sino que lo va haciendo en cada paso del proceso productivo.

Hola, ¿cómo estás? Yo bien, como te imaginarás. A esta altura ustedes me conocen bastante… Pero bueno, no voy a distraerte (ni distraerme) con los análisis del post PASO de rigor. Prefiero, ante la ausencia del tema agro en la agenda electoral, darle una vuelta de tuerca a algunos conceptos centrales. Qué sí hacen a las grandes decisiones políticas.

Por ejemplo, la cuestión del “derrame”. Muchos del sector se abroquelan en torno a la figura del derrame, como una manera de justificar que el campo reciba el verdadero valor de lo que produce, sin detracciones de ningún tipo. Discrepo absolutamente con esta visión, y creo que cuando los dirigentes o voceros espontáneos del sector (en las redes sociales especialmente) blanden livianamente esta palabra, cavan un poco más la fosa que los divide con la sociedad.

La idea de derrame es altanera, elitista y literalmente “sobradora”. “Yo ejerzo mi negocio, me esfuerzo y gano lo que merezco. Y como soy competitivo, al final del día el vaso se llenó y si las cosas fueron bien, rebalsa. Servite de ahí”.

Nada que ver. Es conceptualmente incorrecto. Una actividad competitiva (o incluso cuando no lo es) genera un cúmulo de acciones en red, mucho antes de generar sus propios frutos. A esto lo denomino “efecto difusión”. No distribuye al final del ciclo, sino que lo va haciendo en cada paso del proceso productivo. Está bueno que el negocio sea competitivo, porque al final, después de todo el efecto difusión, queda un excedente que permite reiniciar el ciclo, o generar instancias nuevas de valor agregado.

Hechos cotidianos. Cuando un chacarero cambia el tractor, normalmente acude al crédito bancario. A tres años, por ejemplo, con uno de gracia. Bueno, en el momento de su compra, la fábrica recibe el pago. Con lo cual remunera a sus trabajadores, compra fundición de acero, bolilleros, bielas, válvulas, cubiertas, etc etc. Ese tractor no va a generar nada hasta al menos seis meses después, una vez que el productor haya comprado la semilla, el gasoil, el aceite y el fertilizante.

Entonces, no compró el tractor con el “rebalse”, sino con su esperanza de un flujo futuro de ingresos. Esperanza compartida con el gerente del banco que le prestó la plata. Por esto alguna vez dije que el empleado bancario, en una ciudad agropecuaria, pertenece también a la cadena agroindustrial.

Los parques industriales que cambiaron el paisaje rural de Venado Tuerto, Armstrong, no son derrame, son difusión. Lo mismo las grandes plantas aceiteras del Paraná, o las plantas de biocombustibles que jalonan toda la pampa húmeda, tampoco fueron fruto de la aplicación de “lo que nos sobra”, sino la alocación de esperanzas futuras. Todos, en esas ciudades, viven de la esperanza de una actividad que siempre tuvo, y tiene, un horizonte ilimitado.

Para algunos, será una cuestión semántica. Vuelvo, nuevamente, al gran paradigma lanzado hace pocas semanas por Pablo Gerchunoff, cuando habló del modelo popular exportador. Lo antepuso frente a las ideas fuerza históricas del desarrollo: la sustitución de importaciones, o la “oligarquía exportadora”. Pablo explicó que todo intento de desarrollo basado en la sustitución de importaciones termina chocando contra el techo, por la imposibilidad de contar con las divisas necesarias para sostenerlo.

Y respecto a la “oligarquía exportadora”, el economista encuentra que existen sectores que han sabido expandirse hacia el mercado internacional sobre la base de la generación de ventajas competitivas “en red”. Lo que permite remunerar mejor a cada actor de este entramado. Yo le agrego que esto es lo que viene sucediendo en la Segunda Revolución de las Pampas, donde lo que se exporta no es naturaleza sino conocimiento. El productor es el capataz de una línea de montaje a la que concurren, just in time, toda clase de insumos de alta tecnología, para terminar en una cosecha que se embarca con distintos grados de valor agregado en el downstream.

En todo este proceso, ha habido un enorme efecto difusión. Si la política económica no lo entiende así, y comulga con la teoría del derrame, llega linealmente la justificación de los derechos de exportación, llamados vulgarmente “retenciones”. En esta concepción, el Estado se arroga el derecho de ser él quien derrama, ya que en su visión miope, el productor no lo hace.

Imaginemos: 150 mil millones de dólares capturados por retenciones en los últimos veinte años. A un productor del sudeste la semana pasada se le murieron por un temporal de lluvia y frío 40 corderos recién nacidos. Salvó otros 15 cobijándolos en su cocina, bañándolos con agua caliente y con frazadas. Reporteado por Clarín Rural, el productor dijo que ya sabe que necesita un galpón, pero no pudo comprarlo. Apenas un botón de muestra.

A un costo de 2.000 dólares por hectárea, con las retenciones de un año podríamos incorporar riego en un millón de hectáreas por año, con el 20% de la quita por derechos de exportación. El Estado los repartió, pero se dejó de generar riqueza aplicando todo el conocimiento con que contamos.

 



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